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    Las posturas de Irán en la Conferencia de Examen del Tratado de No Proliferación Nuclear son racionales. Ignorarlas debilitaría el tratado. Sin embargo las posturas de Estados Unidos e Israel son provocaciones belicistas.

    https://gerardodelval.com/2026/05/14/las-posturas-de-iran-en-la-conferencia-de-examen-del-tratado-de-no-proliferacion-nuclear-son-racionales-ignorarlas-debilitaria-el-tratado-sin-embargo-las-posturas-de-estados-unidos-e-israel-son-prov/

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    El nuevo pensamiento reaccionario: el progresismo woke como máscara del Sistema

    Por Carlos Martínez, politólogo y presidente de Soberanía y Trabajo

    En las últimas décadas, la izquierda occidental ha sufrido una derrota que no ha sido solo electoral, sino epistemológica. Hemos asistido, atónitos, a cómo las banderas de la liberación, la igualdad y el reparto han sido secuestradas por un nuevo pensamiento que, bajo el disfraz del progresismo, ataca precisamente aquello que debería defender. Hablo del nuevo pensamiento reaccionario. Y es reaccionario no porque venga ataviado con esvásticas o saludos romanos, sino porque ha interiorizado la lógica del capital, la ha teñido de nuevas identidades y deseos personales y la ha vendido como emancipación.

    Este pensamiento, que ocupa la práctica totalidad del espectro mediático y académico en Europa y Estados Unidos, se ha vuelto experto en una operación de inteligencia política mayúscula: presentar como avanzada una doctrina que consagra el individualismo posesivo, el neoliberalismo cultural y la sumisión a las multinacionales. Todo aquel que se atreva a defender la soberanía de su pueblo, la pervivencia de culturas no occidentales frente al expolio globalista, el derecho de las mujeres europeas a tener hijos sin ser penalizadas socialmente, o simplemente la posibilidad de formar una familia, es inmediatamente tachado de retrógrado, autoritario o, peor aún, fascista.

    Pero examinemos con frialdad los postulados de esta nueva reacción ilustrada. Por un lado, se proclama la abolición de toda frontera simbólica y material, pero no para hermanar a la clase trabajadora del mundo, sino para crear un mercado global de mano de obra dócil, precarizada y sin derechos. Se defiende la «disidencia sexual» mientras se destruye la biología como realidad, transformando el deseo en verdad mediante fármacos de por vida o cirugías financiadas por grandes farmacéuticas. Se dice feminista, pero ataca el feminismo igualitario de raíz materialista, aquel que luchaba por la equiparación salarial, el fin de la brecha de cuidados y la autonomía económica de las mujeres, sustituyéndolo por una lucha identitaria que nunca cuestiona al capital.

    Y aquí quiero ser claro: las llamadas «izquierdas» occidentales —y no voy a pelear por ese adjetivo porque yo peleo por el de socialista, que es muy distinto— se han alineado mayoritariamente con este neoliberalismo cultural, comercial y sexual. Han abandonado la crítica a la economía política para refugiarse en una moralina de tuits. Han despreciado a la clase obrera del siglo XXI, esa que sigue siendo la columna vertebral de cualquier transformación real, y han sustituido los partidos obreros por burocracias subvencionadas por el Estado burgués, por fundaciones atadas al capital filantrópico como las de George Soros, o por ONG que viven de gestionar la miseria, no de abolirla.

    Esta nueva reacción ha inventado la cultura de la cancelación. No nos llamemos a engaño: eso es censura. Censura, descalificación y persecución, también judicial, contra quien no piense como ellos, ellas y elles. La cuerda se les da toda. Puedes ser un banquero, un especulador inmobiliario o un ejecutivo de una farmacéutica, pero si repites su jerga, eres «progre». Si, en cambio, siendo un trabajador, defiendes tu barrio, tu sindicato de clase o tu derecho a la huelga, y además señalas las contradicciones del capitalismo global, te espera la hoguera virtual y, cada vez más, la represión real.

    ¿Qué necesita este sistema para perpetuarse? Un antagonismo que justifique su autoritarismo «progresista». Y ahí aparece el espantajo del fascismo. La extrema derecha es el coco perfecto: gracias a ella, los progresistas sistémicos pueden presentarse siempre como el recambio tolerable, el mal menor frente al autoritarismo ultraliberal de Vox o Le Pen. Pero observen la trampa: tanto los «progres» como los ultras defienden el capitalismo. Unos lo gestionan con corrección política; otros, con porras. Pero ninguno cuestiona la propiedad privada de los grandes medios de producción. Ninguno señala que el capitalismo es la fuente de la guerra, la injusticia y la represión estructural.

    En los siglos XIX y XX, los liberales —que eran liberales, no fascistas— persiguieron al movimiento obrero, encarcelaron a sindicalistas, fusilaron huelguistas y crearon leyes antisindicales. El movimiento obrero conquistó su legalización a base de lucha, sacrificio, cárcel y hambre. Pues bien, hoy la esencia de ese liberalismo autoritario sigue intacta. La única diferencia es que ahora se viste de pañuelo morado o de lazo arcoíris. Porque los partidos de la extrema derecha no critican el capitalismo; los populismos progresistas tampoco. Unos y otros gestionan el mismo sistema. La única cuestión real no es cómo combatirlo o defenderlo, sino cómo gestionarlo. Y ahí, ambos se dan la mano.

    Tomemos un ejemplo crucial: el debate sobre la inmigración en España. Fíjense bien. Unos dicen «fronteras abiertas con humanismo»; otros, «fronteras controladas con mano dura». ¿Y qué defienden realmente ambos? Lo mismo: la importación de mano de obra esclava. Unos con remordimientos, otros con cinismo. Pero todos al servicio de la patronal. Porque el capitalismo español necesita reponer una fuerza de trabajo que explotar en el campo, la hostelería y los cuidados. Es más barato traer a una persona sin papeles o con precariedad legal que pagar salarios dignos, construir vivienda pública o mejorar la sanidad.

    Este nuevo colonialismo occidental no solo expolia las materias primas del sur global, sino que también extrae su «mano de obra» para abaratar costes en un capitalismo decadente. ¿Y qué hace el progresismo sistémico? Acusar de racista a quien defiende que los jóvenes africanos no deberían tener que emigrar para sobrevivir, sino luchar en sus tierras por su revolución. En lugar de escuchar a los revolucionarios africanos que piden soberanía y desarrollo endógeno, se prefiere traerlos para hacer los trabajos que los europeos ya no quieren hacer por mal pagados. Eso no es internacionalismo. Es explotación.

    El movimiento obrero clásico entendió siempre que el internacionalismo solidario implica luchar por mejorar las condiciones de los trabajadores en todo el mundo, no abaratar costes en casa. Pero a los estados occidentales les sale más rentable importar personas con menos derechos que apoyar políticas familiares, garantizar el derecho a la procreación mediante salarios dignos y una red pública de cuidados. Es más barato que mejorar la sanidad, la educación y la vivienda. Es más fácil acusar de racista que construir viviendas públicas. Es más cómodo exportar talento formado aquí que pagar bien a médicos y educadores.

    En este contexto, la crisis del capitalismo es terminal. Cada vez necesita menos trabajadores, la inversión real da rendimientos decrecientes, y España ha quedado reducida a turismo y precariedad. Pronto esa burbuja también estallará. Y mientras tanto, seguimos mirando a China con desprecio, dándole lecciones de democracia mientras le pedimos que venga a invertir. Eso sí que es racismo: el de quien desprecia a una civilización milenaria mientras mendiga su capital.

    No nos engañemos. La batalla no es entre progres y fascistas. La batalla es entre los que defienden el Sistema y los que queremos superarlo. Y para eso, hace falta recuperar el materialismo, la lucha de clases, el internacionalismo de verdad y la soberanía popular. Sin disfraces.

     

     

     

     

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    LA GUERRA TOTAL CONTRA RUSIA

    2029-2030: LA GUERRA TOTALE CONTRO LA RUSSIA di Manolo Monereo*

     

     

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    CISMA EN EE.UU.

     

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    CUBA

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    La hipocresía belicista de Occidente: mienten sobre la guerra mientras nos hunden en la pobreza

    La hipocresía belicista de Occidente: mienten sobre la guerra mientras nos hunden en la pobreza

    Por Carlos Martínez, politólogo – Soberanía y Trabajo

    Cuatro años llevamos ya de escalada bélica en el este de Europa y, lejos de aclararse el panorama, lo que emerge con nitidez es la podredumbre de un sistema informativo y político que ha hecho de la mentira su principal arma de combate. Asistimos a un espectáculo dantesco donde los grandes medios occidentales, esos mismos que se llenan la boca con la defensa de la democracia y los valores europeos, nos ocultan la verdad más básica: quién empezó todo esto. No fue una decisión unilateral de Moscú en el vacío, sino la culminación de décadas de expansión depredadora de la OTAN, orquestada por el sionismo más agresivo encarnado por figuras como Biden o tras él Netanyahu y la ultraderecha global que representa Donald Trump en nuestros días.

    Hemos visto como el pasado 18 de Marzo llegaba Zelenzky a Madrid y era recibido por el presidente Sánchez que considera su amigo a un tipo que encarcela a los socialistas en Ucrania y le promete mil millones, cuando aquí son tan necesarios para construir de una vez vivienda pública, fortalecer la sanidad pública, hacer que los ferrocarriles funcionen… En lugar de subvencionar una guerra perdida y a la extrema derecha corrupta ucraniana que gobierna.

    Pero ojo, no nos engañemos por las apariencias. Ahora que las bombas caen sobre Irán y el Líbano y la destrucción es un hecho, el globalismo mediático y sus círculos woke se ven obligados a disimular su odio profundo. Disimulan mal su desprecio por Irán y su Revolución, por el Sur Global y sus ansias de emancipación, por el mundo árabe y el islam. Les duele tener que condenar la guerra, pero lo hacen más por su visceral oposición a Trump —a quien consideran una amenaza para su propio establishment— que por verdadera solidaridad con los pueblos oprimidos. Recordemos su silencio cómplice durante el genocidio en Palestina, un genocidio que el Partido Demócrata de EE. UU. no solo no impidió, sino que facilitó con armas y cobertura diplomática.

    Esta guerra imperialista, desatada por la anglosfera y su socio sionista para intentar revertir su crisis sistémica, tiene dos caras igualmente terribles. La primera, la más obvia, es la muerte y la destrucción que siembra en Ucrania, un país convertido en carne de cañón de los intereses geopolíticos de Washington. La segunda, la agresión sionista contra Irán, la que nos golpea directamente en España, por la devastación económica que se avecina. La subida del precio de los combustibles y del gas natural, provocada por las sanciones y la guerra, va a disparar la inflación y a empobrecer aún más a las clases trabajadoras.

    Mientras los precios se desbocan y las familias no llegan a fin de mes, en España reina el más absoluto ultra liberalismo sustentado por un Gobierno incapaz de frenar la especulación y el abuso de los mercados. Ni el PSOE y sus socios, ni PP, ni VOX, con sus distintos matices y apoyos mediáticos, nadie del arco parlamentario está dispuesto a tocar los dogmas sagrados del “libre mercado”. En el fondo, todos comparten el mismo credo neoliberal que impide cualquier control de precios o intervención estatal para proteger a los más débiles. Prefieren que los trabajadores paguen la factura de esta guerra imperialista antes que tocar un ápice los beneficios de las grandes corporaciones y sus negocios ya sean de guerra, mercancías o servicios.

    Esta crisis nos demuestra, una vez más, la naturaleza intrínsecamente violenta y depredadora del capitalismo. Las democracias liberales, en su versión más descarnada, no son más que el ariete con el que los ricos y las multinacionales machacan a los pueblos para mantener sus privilegios. El capitalismo nos machaca, sí, y lo hace con saña. Lo de Cuba es un ejemplo de libro, necesitan rendirla por hambre para acabar con una revolución que lleva décadas plantándole cara al Imperio y por supuesto dando mal ejemplo al mundo. La situación de Cuba demuestra la barbarie del capitalismo. Por eso la hemos de apoyar.

    Pero detrás de esta barbarie hay una estrategia consciente. Los capitalistas de la anglosfera y sus jefes sionistas necesitan el caos global. Necesitan guerras, inflación y desabastecimiento para justificar el control social, para acelerar el empobrecimiento de la mayoría y para intentar destruir, de una vez por todas, cualquier atisbo de soberanía en el Sur Global. Quieren acabar con los procesos de liberación nacional, con los gobiernos que anteponen el interés de su pueblo al dictado de los mercados. Quieren un mundo polarizado entre una élite multimillonaria y una masa empobrecida y sin derechos. Frente a eso, solo nos queda la organización popular, la defensa de nuestra soberanía y la lucha por un mundo que ponga la vida y las necesidades de los pueblos por encima del beneficio de unos pocos… Y la alianza con el “Sur Global” y sus movimientos en defensa de la soberanía y un mundo al menos diferente.

     

     

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    El pensamiento secuestrado y la teocracia del Imperio: La guerra contra Irán desde la raíz

     

     

     

     

     

     

     

    El pensamiento secuestrado y la teocracia del Imperio: La guerra contra Irán desde la raíz

    Por Carlos Martínez, politólogo y presidente de Soberanía y Trabajo

    En el fragor de la guerra que Estados Unidos e Israel han desatado contra Irán, la gran maquinaria de propaganda occidental opera a pleno rendimiento. Nos hablan de democracia, de liberación, de derechos de las mujeres y de lucha contra el terrorismo. Pero un análisis materialista, que es el único que nos permite desentrañar las verdaderas relaciones de poder, nos obliga a mirar más allá de la cortina de humo. Nos obliga a poner al descubierto las ideas que, desde la sombra, apoyan a los impulsores de la guerra y les otorgan la fuerza «moral» necesaria para atacar, destruir, imponer y cometer genocidios. Porque estos señores de la guerra están muy lejos de querer «imponer» la democracia y mucho menos de defender a las mujeres. Su impulso es más profundo, más oscuro y, para ser precisos, más teológico de lo que estamos dispuestos a admitir.

    Antes de entrar en el meollo, es obligatorio, en estos días tristes, hacer una pausa y un reconocimiento. La gran Susan George acaba de fallecer, y su pérdida es incalculable para el pensamiento crítico. Quienes militamos en ATTAC tuvimos el privilegio de conocerla, de compartir trincheras. Recuerdo con cariño su ejemplar dedicado de El pensamiento secuestrado, editado por Icaria en 2007. En aquel libro, Susan, con su lucidez implacable, ya destripaba el entramado de fundaciones ultraconservadoras y religiosas, esa tela de araña tejida en Estados Unidos que iba a cambiar el pensamiento de las grandes sociedades occidentales. Lo que ella describió como una amenaza latente es hoy la estructura política dominante. Su obra es la brújula sin la cual no podemos entender cómo el mesianismo y el dinero se fusionaron para secuestrar no solo el pensamiento, sino la política exterior de la potencia hegemónica.

    Es curioso, y profundamente desvergonzado, ver cómo liberales, woke supuestamente de izquierdas, ultraderechistas y conservadores de toda laya se unen para señalar a Irán como una teocracia retrógrada. Lo hacen para justificar su destrucción. Pero si aplicamos el mismo rasero, el edificio se les cae encima. El ente sionista de Israel no es una democracia como la Noruega; es un estado religioso judío que discrimina legalmente a quienes no son judíos. Su razón de ser, para una parte fundamental de su población y su gobierno, no emana de la voluntad popular, sino de un mandato divino: ser el «pueblo elegido» con derecho a usurpar Palestina porque Yahvé se la entregó. Eso no es política, es teología aplicada con tanques y bombas.

    Pero el matrimonio sagrado que impulsa esta guerra no se entiende sin mirar a Washington. Como ya advertía Susan George, las sectas religiosas bíblicas, los cristianos-sionistas, han tomado el poder en Estados Unidos. No hablo de los luteranos europeos o de un cristianismo social, sino de sectas protestantes fundamentalistas, que han hecho suya la causa del Estado de Israel por una razón muy concreta: creen que el regreso de los judíos a Tierra Santa y el control de los lugares sagrados es un requisito indispensable para el Armagedón, para la segunda venida de Cristo. Para ellos, el mundo no tiene futuro; se acaba. Y si se acaba, lo único que importa es forzar ese final para cumplir la profecía. Son nihilistas apocalípticos con las manos en el poder y los pies en el Despacho Oval.

    Esta oligarquía, que mezcla el capitalismo más depredador con el fervor milenarista, ha encontrado en el sionismo religioso judío un espejo donde mirarse. Los sectores ultra ortodoxos y de extrema derecha que dominan la política israelí (los mismos que hablan de anexionarse Cisjordania y borrar Palestina del mapa) también esperan un mesías, violento y conquistador. Para ellos, la expulsión de los palestinos no es un crimen de guerra, sino el cumplimiento de un designio.

    En esta confluencia de mesianismos, la guerra contra Irán adquiere una dimensión apocalíptica. Irán, en la teología de estos locos, es la pieza que falta. La «Gog y Magog» moderna que debe ser derrotada para que el Mesías venga (sea judío o Cristo). Por eso no buscan un acuerdo, no buscan la paz. Buscan la destrucción. La III Guerra Mundial no es un riesgo colateral para ellos; para estas teocracias sionistas (judías y protestantes), sería un pequeño incidente, un trámite profético, quizás incluso una ayuda para acelerar el fin de los tiempos y la victoria final de «su» dios.

    Occidente, con su falsa superioridad moral, nos vende la guerra como un conflicto geopolítico por el petróleo o por el programa nuclear. Eso es cierto, pero es solo la capa superficial. La raíz, la energía que moviliza a las bases electorales de Trump y a los gobiernos de Netanyahu, es esa mezcla explosiva de racismo, supremacismo y mesianismo. Son racistas porque se creen el pueblo elegido; son supremacistas porque consideran a los palestinos a los musulmanes, a los católicos y ortodoxos orientales como obstáculos desechables en su historia sagrada. Su extensión en diversas zonas de occidente no es fruto de la casualidad, sino de los intereses políticos de Estados Unidos e Israel, que financian y promueven a estas iglesias y lobbies para crear una quinta columna que justifique sus guerras desde el púlpito.

    Por eso, desde un análisis materialista, debemos denunciar la hipocresía. No se trata de una lucha entre la democracia secular y la teocracia. Se trata de una guerra del imperialismo, que se ha revestido ahora con Trump y Netanyahu de un manto teológico ultra reaccionario para justificar lo injustificable.

    Mientras tanto la Unión Europea ha renunciado a su propia civilización europea, por tanto al laicismo y el humanismo; a la razón; al derecho romano y a la filosofía griega, para entregarse a la religión del consumo neoliberal, el cambiar el sentimiento por el materialismo y la sumisión al poder anglosajón al haber renunciado a la soberanía popular sustituyéndola por la burocracia de Bruselas y la dependencia de los EEUU y el sionismo. Por eso la UE es ya irrelevante, solo sirve para perjudicar a los pueblos del continente y dotar de tropas auxiliares al imperio. En eso si que hemos copiado al imperio romano, los galos, los iberos, los celtas, los germánicos, volvemos a dotar de tropas auxiliares al Imperio Romano 2.0 y al Calígula 2.0 que nos domina. Pero antes hemos enterrado lo que según Susan George son las grandes aportaciones de Europa al mundo, el estado social y añado las conquistas del movimiento obrero hasta la victoria de 1945 e incluso los años sesenta y el marxismo.

    El «pensamiento secuestrado» del que hablaba Susan George ha tomado el poder y nos arrastra a todos al matadero. Nuestra tarea es desenmascarar esas ideas, mostrar la sombra que proyectan y recordar que, detrás del ruido de las bombas en Teherán, hay una voz que susurra en Washington y Jerusalén: «Así lo ha querido Dios». Y contra esa locura, solo cabe oponer la razón de los pueblos, la solidaridad de clase y la lucha por la paz.

     

     

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