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    La crisis política española: un cómodo pantano para la partidocracia, un infierno para el pueblo trabajador

    La crisis política española: un cómodo pantano para la partidocracia, un infierno para el pueblo trabajador

    Por Carlos Martínez, politólogo y presidente de Soberanía y Trabajo

    Hay una verdad que incomoda y que pocos se atreven a pronunciar en voz alta en las tertulias financiadas por el sistema: la crisis política española, lejos de ser un problema para la élite partitocrática, se ha convertido en su hábitat natural. Es una salsa pestilente en la que todos han aprendido a nadar, porque el régimen del 78 y su constitución les garantiza el oxígeno mientras el pueblo trabajador se asfixia. Denuncio sin ambages: para ellos, para los que viven de la política como negocio, es mejor seguir como estamos.

    Pedro Sánchez: el superviviente que controla el gobierno, pero no el poder

    Pedro Sánchez ha perfeccionado el arte de la resistencia. Es un líder superviviente que ha logrado controlar todos los resortes de la escisión felipista llamada PSOE. Controla el gobierno, eso es indiscutible. Pero no controla el poder. Mucho menos el Estado. Porque el poder real en España no reside en La Moncloa, sino en los despachos de los jueces que actúan al margen de cualquier control democrático, en las fuerzas de seguridad que responden a lógicas propias no exentas de vendettas internas, y en un “estado profundo” que, desde la Transición, es sociológicamente franquista y derechista. Un entramado puesto al servicio de las élites bancarias y de las grandes y poderosas familias que jamás han dejado de mandar en este país.

    El PSOE le resulta necesario a ese estado profundo. ¿Por qué? Porque el Partido Socialista es hoy el principal garante de la corona. Sin el blindaje que le proporciona el PSOE a la monarquía, el edificio del 78 temblaría. Y eso los poderes fácticos lo saben. Por eso permiten que Sánchez se mantenga a flote, como un flotador que aplaca la agitación social mientras las élites siguen decidiendo en la sombra.

    La derecha: nadando en la ciénaga corrupta, esperando su turno

    La oposición derechista, encabezada por PP y Vox, ataca con estridencia pero sin convicción. También ellos nadan en la más pura mierda y ciénaga corrupta. Les viene muy bien este lento pero terrible desgaste del PSOE. Necesitan que Sánchez se desgaste, que la gente se canse, porque ellos mismos carecen de programa e ideas propias que no sean las que les dictan las oligarquías extranjeras y nacionales. Sus dos máximas son simples: privatizar todo lo público y destruir todos los avances sociales logrados tras años de duras luchas obreras y de una sociedad movilizada. Pero de forma oculta y mientras reciben votos obreros y populares hartos sin saber de qué.

    En esto, PP y Vox van de la mano. El PSOE, por su parte, también practica la privatización y el deterioro de lo público, pero lo hace, dice, por mandato de la mafia de Bruselas. No nos engañemos: la Comisión Europea, el BCE y el Eurogrupo son los verdaderos ministerios de economía de este país. Y Sánchez obedece.

    Pero ni PP ni Vox son patriotas. No les importa España un pimiento. Reciben instrucciones directas de la embajada de Estados Unidos, a la que visitan con frecuencia. Y no solo eso: jalean la agresión sionista contra el Islam y el mundo árabe, comenzando por Líbano y Palestina. ¿Alguien ha visto a Feijóo o a Abascal condenar el genocidio en Gaza? No. Porque no les conviene. Porque sus amos en Washington así lo disponen.

    En la derecha española solo hay un partido que sabe lo que quiere y maneja sus propios tiempos: el PNV. Los demás son aficionados al servicio del poder real global y globalista. El PNV negocia, obtiene, y se retira cuando le interesa. Los otros, PP y Vox, solo saben ladrar.

    Los socios de gobierno: también cómodos en su deslealtad

    Los llamados «socios de gobierno», ya formen parte del ejecutivo o no, también están cómodos. Pueden ser desleales con el PSOE, criticar cuestiones evidentes, pero al mismo tiempo les viene muy bien la capacidad resistente del único líder real de todos ellos: Pedro Sánchez. Porque sin Sánchez, este tinglado se vendría abajo. Y ellos lo saben.

    Sumar es gobierno aunque a veces se desmarque y otras no. Pero, ¿dónde está su programa transformador? En ninguna parte. Yo creo que solo el PCE mantiene algo de olfato para ventear esta situación y cabalgar en ella, aunque ya no actúa ni de lejos como un partido comunista. Es una entelequia con nombre de otro tiempo.

    Podemos, por su parte, se ha olvidado de que ha sido gobierno. Gobernó varios años con Sánchez y ahora disimula, quiere que se olvide todo. Imposible. Es el directo responsable de agravios a las mujeres y favores a maltratadores, sea o no adrede. Ha roto el feminismo en favor de deseos masculinos. Además, Podemos ha causado un gran daño al socialismo como concepto de clase e igualdad, no como palabra hueca en manos del PSOE. Han destruido, por ahora, la posibilidad de dotarnos de un partido del Trabajo.

    La operación Rufián es no enterarse de nada. No necesitamos personalismos ni caudillismos posmodernos. Necesitamos partido. Sí, partido. Organización, disciplina, programa y lucha.

    El pueblo trabajador: cada vez más pobre, cada vez más solo

    Mientras tanto, la clase trabajadora contempla, en demasiadas ocasiones de forma pasiva, cómo no se resuelven sus problemas. La vivienda es inaccesible. El empobrecimiento es paulatino pero inexorable. Cada vez somos más pobres. Cada vez hay menos empleo digno. Cada vez los servicios públicos están más deteriorados.

    Los gobiernos de Sánchez han ido perdiendo el tiempo sin derogar la ley mordaza, sin cambiar la ley de sanidad para impedir legalmente las privatizaciones, sin intervenir el mercado de la vivienda, sin crear una alternativa real a la turistificación de España. Este país se ha convertido en una gran taberna, un burdel y un tostadero para alemanes y británicos. Es una pura vergüenza. Vendidos a una Unión Europea que nos destruye, nos roba y defiende los pisos turísticos contra el resto del pueblo.

    Sánchez ha tenido un reflejo con China, es cierto. Pero ha sido un mero cambio de cromos: dejó a China invertir, pero al mismo tiempo se suma con alegría a la sangría de Ucrania y al suicidio voluntario de la UE contra Rusia, que Estados Unidos y Alemania dirigen. Ha jugado a dos barajas, y eso será su muerte política. El poder capitalista e imperial, que está en crisis y ha sido derrotado en muchos lugares del mundo, ni perdona ni acepta medias tintas. Por eso quiere liquidar al gobierno del PSOE por encima de cualquier consideración.

    La propuesta: salir de la UE, ser soberanos y construir una nueva internacional socialista

    Esta es la realidad. La propuesta es cambiarla. ¿Cómo? Con partido. Con ideas políticas diferentes y diferenciadas.

    Un antiimperialismo que no contemple salir de la UE y criticar a la UE es una pantomima, un brindis al sol. Porque la UE es parte del imperialismo. Yo diría más: es el mayor socio mundial y más fiable de Estados Unidos, el felpudo de Trump. Hay que mirar al Sur. Hay que aliarse con las fuerzas políticas del Sur global y tejer un nuevo sujeto político internacional. Una nueva Internacional socialista, diferente a la que tal nombre utiliza y que apoye la soberanía de los pueblos y no la sumisión a la UE y la OTAN, que es lo que hace la que no es sino una estructura neoliberal con otro nombre.

    Hay que trabajar un programa. Hay que recuperar la confianza del pueblo trabajador. Ese es el camino. El otro, el de seguir nadando en esta salsa pestilente, solo beneficia a los profesionales de la política, y al pueblo trabajador, solo le deja más pobre, más solo y más indignado. Hasta que un día, quizás, esa indignación se convierta en organización, pero eso no surgirá espontáneamente. Y entonces, que tiemblen los que mandan.

     

     

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    Zapatero encadenado: los que mandan no olvidan ni perdonan

    Zapatero encadenado: los que mandan no olvidan ni perdonan

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    El mundo observa mientras Pekín y Estados Unidos compiten por la supremacía global.

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    La sentencia que debería avergonzar a Occidente

    La sentencia que debería avergonzar a Occidente

    Por Carlos Martínez politólogo y presidente de Soberanía y Trabajo

    Que no les digan que no había avisado. Mientras los grandes medios y sus tertulianos de cabecera nos distraen con culebrones políticos y falsos debates culturales, el capitalismo global está ejecutando silenciosamente la mayor purga laboral de la historia contemporánea, y la inteligencia artificial es el caballo de Troya que han elegido para hacerlo. Si no reaccionamos ahora, si no organizamos a la juventud trabajadora española al margen de las opciones ultra-liberales y sus falsas izquierdas, seremos cómplices pasivos de una catástrofe social anunciada.

    La sentencia que debería avergonzar a Occidente

    Hace apenas unos días, el Tribunal Popular Intermedio de Hangzhou, en China, dictó una sentencia que debiera leerse en cada sindicato y cada centro de trabajo de España. La justicia china ha declarado ilegal que una empresa despida a un trabajador con el argumento de que su puesto ha sido sustituido por inteligencia artificial. El caso es paradigmático: un supervisor de calidad de una empresa tecnológica fue degradado con una reducción salarial del 40% y posteriormente despedido cuando se negó a aceptar que sus funciones fueran automatizadas. El tribunal no solo falló a favor del trabajador, sino que estableció un principio clave: la empresa no puede trasladar unilateralmente los costes operativos de la automatización a los empleados.

    Esto no es un caso aislado. En diciembre de 2025, Pekín ya había sentado jurisprudencia al dictaminar que la introducción de IA por decisión empresarial no constituye una «causa objetiva» válida para el despido, sino que equivale a transferir el riesgo tecnológico al trabajador, lo que constituye un despido improcedente. Y ahora, Hangzhou ha ratificado y ampliado esa doctrina, prohibiendo explícitemente el uso de la IA como mera excusa para ahorrar costes laborales.

    China, el país al que nuestros gobernantes y su prensa afín presentan como una amenaza, es hoy el único estado del mundo que está construyendo un auténtico dique de contención jurídica frente al tsunami de despidos tecnológicos que se avecina.

    La carnicería en Occidente: datos para no tener dudas

    ¿Y qué ocurre mientras tanto en nuestras democracias liberales occidentales? Una masacre laboral perfectamente planificada por las grandes corporaciones y sus think tanks neoliberales.

    Los datos son escalofriantes. Solo en Estados Unidos, más de 55.000 despidos fueron atribuidos directamente a la IA en los primeros once meses de 2025. Oracle ha despedido a 30.000 empleados para financiar su inversión en inteligencia artificial. Amazon ya ha anunciado al menos 16.000 recortes, Meta prevé otros 8.000, y Microsoft ha ofrecido jubilaciones anticipadas forzosas a casi 9.000 personas. Y esto no afecta solo al sector tecnológico: empresas como UPS planean eliminar hasta 30.000 puestos, y las consultoras Capgemini e Inetum ya han anunciado más de un millar de salidas en España.

    En total, los despidos vinculados a la automatización superaron los 90.000 a nivel global solo en lo que va de 2026. Y esta es solo la primera oleada.

    El estudio de FUNCAS que nadie quiere leer

    Pero si hay un documento que debería encender todas las alarmas en España, es el informe que la Fundación de las Cajas de Ahorros (FUNCAS) acaba de hacer público. Según su investigación, dirigida por Francisco Rodríguez, en los próximos diez años la inteligencia artificial destruirá entre 1,7 y 2,3 MILLONES de empleos en nuestro país. En el escenario pesimista, la cifra podría superar los 3,5 millones de puestos de trabajo aniquilados.

    El informe es implacable: la creación de nuevas ocupaciones vinculadas a la IA —como máximo 1,6 millones— no compensará ni de lejos la sangría. El saldo neto será de aproximadamente 400.000 puestos de trabajo perdidos en el mejor de los casos, y de hasta dos millones en el peor. Los más afectados serán precisamente los trabajadores de cuello blanco, los técnicos medios, los administrativos, los programadores, los analistas financieros, los profesionales científicos. Es decir, la clase trabajadora cualificada que el capitalismo español creyó haber encumbrado a una supuesta «clase media».

    Pero el informe de FUNCAS, a pesar de sus números terribles, peca de un optimismo técnico y tecnocrático que no debemos compartir. Los economistas del régimen nos dicen que entre 2,8 y 3,5 millones de trabajadores «se beneficiarán» de la IA porque aumentará su productividad. ¿Aumentar la productividad para qué? ¿Para trabajar más horas por el mismo salario? ¿Para que el patrón se embolse el excedente mientras el trabajador agota su salud mental y física? No, gracias.

    Organizarse fuera de las trampas neoliberales

    Ante este panorama, la juventud trabajadora española tiene una sola alternativa viable: organizarse, pero hacerlo conscientemente al margen de las posiciones ultra-liberales, derechistas y neoliberales. Y ojo, porque estas posiciones visten hoy las más variadas máscaras: desde los empresarios abiertamente fachas hasta los falsos progres que predican el «emprendimiento» y la «adaptabilidad» como solución a la falta de empleo. Incluso muchas de las organizaciones que se autodenominan de izquierdas han asumido acríticamente el relato neoliberal de la innovación tecnológica, reduciendo la protección laboral a meros paños calientes.

    El caso chino demuestra que sí existen alternativas reales a este suicidio colectivo. China, el país al que sus adversarios acusan de todo menos de bondadoso, está demostrando ser hoy el estado más avanzado del mundo en la protección de los derechos laborales frente a la automatización. Mientras en Occidente se despiden trabajadores con la bendición de nuestros gobiernos, en China un trabajador gana en los tribunales y la justicia establece que la tecnología está para servir a los seres humanos, y no al revés.

    Lo repito por si no ha quedado claro: Hoy el país más avanzado del mundo es un país que camina hacia el socialismo. Y son los capitalistas, los del libre mercado, los que están fracasando estrepitosamente. Porque el capitalismo es y ha sido siempre un sistema que carga sus crisis y sus costes sobre los más débiles, y la inteligencia artificial no es más que el último capítulo de esta historia de explotación y miseria.

    Una llamada a la acción

    No nos engañemos: los 1,7 millones de empleos que FUNCAS prevé destruir no son números. Son nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros compañeros de universidad, nuestros vecinos. Son jóvenes que ahora están estudiando carreras que en cinco años serán obsoletas. Son trabajadores de cincuenta años a los que ninguna «recualificación» mágica va a recolocar.

    Por eso llamo a la juventud trabajadora española —y a los trabajadores de todas las edades— a organizarse ahora. No esperen a que el despido llame a su puerta. No confíen en los sindicatos oficialistas que ya están negociando planes de recolocación como si el problema fuera menor. No voten a los partidos de la falsa izquierda que compiten por ver quién es más amigo de los grandes empresarios tecnológicos.

    Organícense en movimientos que no dependan de subvenciones ni de padrinos políticos sistémicos. Construyan alianzas con los jóvenes trabajadores del sur global, con los estudiantes chinos que están viendo cómo su estado les protege, con los despedidos de Oracle, Amazon y Meta que hoy están ocupando las calles de Estados Unidos y Europa.

    La inteligencia artificial llegó para quedarse. La batalla por quién controla esa tecnología —y para qué fines— es la batalla política y social decisiva de nuestra época. Y en esa batalla, solo hay dos opciones: o nos organizamos para que la tecnología trabaje para la humanidad, o aceptamos que la tecnología trabaje para el capital, convirtiéndonos en carne de cañón de una nueva fase del capitalismo caníbal.

    El socialismo demostró con el primer astronauta, con la erradicación de la polio y con la reducción de la jornada laboral que el desarrollo tecnológico no tiene por qué ser enemigo de los trabajadores. China lo está demostrando hoy, con sentencias como la de Hangzhou, que la inteligencia artificial puede convivir con la estabilidad laboral y la protección social.

    La elección es nuestra. Pero el tiempo se acaba. Organicémonos. Ahora.

     

     

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    La sentencia que debería avergonzar a Occidente

    La sentencia que debería avergonzar a Occidente

    Por Carlos Martínez politólogo y presidente de Soberanía y Trabajo

    Que no les digan que no había avisado. Mientras los grandes medios y sus tertulianos de cabecera nos distraen con culebrones políticos y falsos debates culturales, el capitalismo global está ejecutando silenciosamente la mayor purga laboral de la historia contemporánea, y la inteligencia artificial es el caballo de Troya que han elegido para hacerlo. Si no reaccionamos ahora, si no organizamos a la juventud trabajadora española al margen de las opciones ultra-liberales y sus falsas izquierdas, seremos cómplices pasivos de una catástrofe social anunciada.

    La sentencia que debería avergonzar a Occidente

    Hace apenas unos días, el Tribunal Popular Intermedio de Hangzhou, en China, dictó una sentencia que debiera leerse en cada sindicato y cada centro de trabajo de España. La justicia china ha declarado ilegal que una empresa despida a un trabajador con el argumento de que su puesto ha sido sustituido por inteligencia artificial. El caso es paradigmático: un supervisor de calidad de una empresa tecnológica fue degradado con una reducción salarial del 40% y posteriormente despedido cuando se negó a aceptar que sus funciones fueran automatizadas. El tribunal no solo falló a favor del trabajador, sino que estableció un principio clave: la empresa no puede trasladar unilateralmente los costes operativos de la automatización a los empleados.

    Esto no es un caso aislado. En diciembre de 2025, Pekín ya había sentado jurisprudencia al dictaminar que la introducción de IA por decisión empresarial no constituye una «causa objetiva» válida para el despido, sino que equivale a transferir el riesgo tecnológico al trabajador, lo que constituye un despido improcedente. Y ahora, Hangzhou ha ratificado y ampliado esa doctrina, prohibiendo explícitemente el uso de la IA como mera excusa para ahorrar costes laborales.

    China, el país al que nuestros gobernantes y su prensa afín presentan como una amenaza, es hoy el único estado del mundo que está construyendo un auténtico dique de contención jurídica frente al tsunami de despidos tecnológicos que se avecina.

    La carnicería en Occidente: datos para no tener dudas

    ¿Y qué ocurre mientras tanto en nuestras democracias liberales occidentales? Una masacre laboral perfectamente planificada por las grandes corporaciones y sus think tanks neoliberales.

    Los datos son escalofriantes. Solo en Estados Unidos, más de 55.000 despidos fueron atribuidos directamente a la IA en los primeros once meses de 2025. Oracle ha despedido a 30.000 empleados para financiar su inversión en inteligencia artificial. Amazon ya ha anunciado al menos 16.000 recortes, Meta prevé otros 8.000, y Microsoft ha ofrecido jubilaciones anticipadas forzosas a casi 9.000 personas. Y esto no afecta solo al sector tecnológico: empresas como UPS planean eliminar hasta 30.000 puestos, y las consultoras Capgemini e Inetum ya han anunciado más de un millar de salidas en España.

    En total, los despidos vinculados a la automatización superaron los 90.000 a nivel global solo en lo que va de 2026. Y esta es solo la primera oleada.

    El estudio de FUNCAS que nadie quiere leer

    Pero si hay un documento que debería encender todas las alarmas en España, es el informe que la Fundación de las Cajas de Ahorros (FUNCAS) acaba de hacer público. Según su investigación, dirigida por Francisco Rodríguez, en los próximos diez años la inteligencia artificial destruirá entre 1,7 y 2,3 MILLONES de empleos en nuestro país. En el escenario pesimista, la cifra podría superar los 3,5 millones de puestos de trabajo aniquilados.

    El informe es implacable: la creación de nuevas ocupaciones vinculadas a la IA —como máximo 1,6 millones— no compensará ni de lejos la sangría. El saldo neto será de aproximadamente 400.000 puestos de trabajo perdidos en el mejor de los casos, y de hasta dos millones en el peor. Los más afectados serán precisamente los trabajadores de cuello blanco, los técnicos medios, los administrativos, los programadores, los analistas financieros, los profesionales científicos. Es decir, la clase trabajadora cualificada que el capitalismo español creyó haber encumbrado a una supuesta «clase media».

    Pero el informe de FUNCAS, a pesar de sus números terribles, peca de un optimismo técnico y tecnocrático que no debemos compartir. Los economistas del régimen nos dicen que entre 2,8 y 3,5 millones de trabajadores «se beneficiarán» de la IA porque aumentará su productividad. ¿Aumentar la productividad para qué? ¿Para trabajar más horas por el mismo salario? ¿Para que el patrón se embolse el excedente mientras el trabajador agota su salud mental y física? No, gracias.

    Organizarse fuera de las trampas neoliberales

    Ante este panorama, la juventud trabajadora española tiene una sola alternativa viable: organizarse, pero hacerlo conscientemente al margen de las posiciones ultra-liberales, derechistas y neoliberales. Y ojo, porque estas posiciones visten hoy las más variadas máscaras: desde los empresarios abiertamente fachas hasta los falsos progres que predican el «emprendimiento» y la «adaptabilidad» como solución a la falta de empleo. Incluso muchas de las organizaciones que se autodenominan de izquierdas han asumido acríticamente el relato neoliberal de la innovación tecnológica, reduciendo la protección laboral a meros paños calientes.

    El caso chino demuestra que sí existen alternativas reales a este suicidio colectivo. China, el país al que sus adversarios acusan de todo menos de bondadoso, está demostrando ser hoy el estado más avanzado del mundo en la protección de los derechos laborales frente a la automatización. Mientras en Occidente se despiden trabajadores con la bendición de nuestros gobiernos, en China un trabajador gana en los tribunales y la justicia establece que la tecnología está para servir a los seres humanos, y no al revés.

    Lo repito por si no ha quedado claro: Hoy el país más avanzado del mundo es un país que camina hacia el socialismo. Y son los capitalistas, los del libre mercado, los que están fracasando estrepitosamente. Porque el capitalismo es y ha sido siempre un sistema que carga sus crisis y sus costes sobre los más débiles, y la inteligencia artificial no es más que el último capítulo de esta historia de explotación y miseria.

    Una llamada a la acción

    No nos engañemos: los 1,7 millones de empleos que FUNCAS prevé destruir no son números. Son nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros compañeros de universidad, nuestros vecinos. Son jóvenes que ahora están estudiando carreras que en cinco años serán obsoletas. Son trabajadores de cincuenta años a los que ninguna «recualificación» mágica va a recolocar.

    Por eso llamo a la juventud trabajadora española —y a los trabajadores de todas las edades— a organizarse ahora. No esperen a que el despido llame a su puerta. No confíen en los sindicatos oficialistas que ya están negociando planes de recolocación como si el problema fuera menor. No voten a los partidos de la falsa izquierda que compiten por ver quién es más amigo de los grandes empresarios tecnológicos.

    Organícense en movimientos que no dependan de subvenciones ni de padrinos políticos sistémicos. Construyan alianzas con los jóvenes trabajadores del sur global, con los estudiantes chinos que están viendo cómo su estado les protege, con los despedidos de Oracle, Amazon y Meta que hoy están ocupando las calles de Estados Unidos y Europa.

    La inteligencia artificial llegó para quedarse. La batalla por quién controla esa tecnología —y para qué fines— es la batalla política y social decisiva de nuestra época. Y en esa batalla, solo hay dos opciones: o nos organizamos para que la tecnología trabaje para la humanidad, o aceptamos que la tecnología trabaje para el capital, convirtiéndonos en carne de cañón de una nueva fase del capitalismo caníbal.

    El socialismo demostró con el primer astronauta, con la erradicación de la polio y con la reducción de la jornada laboral que el desarrollo tecnológico no tiene por qué ser enemigo de los trabajadores. China lo está demostrando hoy, con sentencias como la de Hangzhou, que la inteligencia artificial puede convivir con la estabilidad laboral y la protección social.

    La elección es nuestra. Pero el tiempo se acaba. Organicémonos. Ahora.

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    Las posturas de Irán en la Conferencia de Examen del Tratado de No Proliferación Nuclear son racionales. Ignorarlas debilitaría el tratado. Sin embargo las posturas de Estados Unidos e Israel son provocaciones belicistas.

    https://gerardodelval.com/2026/05/14/las-posturas-de-iran-en-la-conferencia-de-examen-del-tratado-de-no-proliferacion-nuclear-son-racionales-ignorarlas-debilitaria-el-tratado-sin-embargo-las-posturas-de-estados-unidos-e-israel-son-prov/

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    El nuevo pensamiento reaccionario: el progresismo woke como máscara del Sistema

    Por Carlos Martínez, politólogo y presidente de Soberanía y Trabajo

    En las últimas décadas, la izquierda occidental ha sufrido una derrota que no ha sido solo electoral, sino epistemológica. Hemos asistido, atónitos, a cómo las banderas de la liberación, la igualdad y el reparto han sido secuestradas por un nuevo pensamiento que, bajo el disfraz del progresismo, ataca precisamente aquello que debería defender. Hablo del nuevo pensamiento reaccionario. Y es reaccionario no porque venga ataviado con esvásticas o saludos romanos, sino porque ha interiorizado la lógica del capital, la ha teñido de nuevas identidades y deseos personales y la ha vendido como emancipación.

    Este pensamiento, que ocupa la práctica totalidad del espectro mediático y académico en Europa y Estados Unidos, se ha vuelto experto en una operación de inteligencia política mayúscula: presentar como avanzada una doctrina que consagra el individualismo posesivo, el neoliberalismo cultural y la sumisión a las multinacionales. Todo aquel que se atreva a defender la soberanía de su pueblo, la pervivencia de culturas no occidentales frente al expolio globalista, el derecho de las mujeres europeas a tener hijos sin ser penalizadas socialmente, o simplemente la posibilidad de formar una familia, es inmediatamente tachado de retrógrado, autoritario o, peor aún, fascista.

    Pero examinemos con frialdad los postulados de esta nueva reacción ilustrada. Por un lado, se proclama la abolición de toda frontera simbólica y material, pero no para hermanar a la clase trabajadora del mundo, sino para crear un mercado global de mano de obra dócil, precarizada y sin derechos. Se defiende la «disidencia sexual» mientras se destruye la biología como realidad, transformando el deseo en verdad mediante fármacos de por vida o cirugías financiadas por grandes farmacéuticas. Se dice feminista, pero ataca el feminismo igualitario de raíz materialista, aquel que luchaba por la equiparación salarial, el fin de la brecha de cuidados y la autonomía económica de las mujeres, sustituyéndolo por una lucha identitaria que nunca cuestiona al capital.

    Y aquí quiero ser claro: las llamadas «izquierdas» occidentales —y no voy a pelear por ese adjetivo porque yo peleo por el de socialista, que es muy distinto— se han alineado mayoritariamente con este neoliberalismo cultural, comercial y sexual. Han abandonado la crítica a la economía política para refugiarse en una moralina de tuits. Han despreciado a la clase obrera del siglo XXI, esa que sigue siendo la columna vertebral de cualquier transformación real, y han sustituido los partidos obreros por burocracias subvencionadas por el Estado burgués, por fundaciones atadas al capital filantrópico como las de George Soros, o por ONG que viven de gestionar la miseria, no de abolirla.

    Esta nueva reacción ha inventado la cultura de la cancelación. No nos llamemos a engaño: eso es censura. Censura, descalificación y persecución, también judicial, contra quien no piense como ellos, ellas y elles. La cuerda se les da toda. Puedes ser un banquero, un especulador inmobiliario o un ejecutivo de una farmacéutica, pero si repites su jerga, eres «progre». Si, en cambio, siendo un trabajador, defiendes tu barrio, tu sindicato de clase o tu derecho a la huelga, y además señalas las contradicciones del capitalismo global, te espera la hoguera virtual y, cada vez más, la represión real.

    ¿Qué necesita este sistema para perpetuarse? Un antagonismo que justifique su autoritarismo «progresista». Y ahí aparece el espantajo del fascismo. La extrema derecha es el coco perfecto: gracias a ella, los progresistas sistémicos pueden presentarse siempre como el recambio tolerable, el mal menor frente al autoritarismo ultraliberal de Vox o Le Pen. Pero observen la trampa: tanto los «progres» como los ultras defienden el capitalismo. Unos lo gestionan con corrección política; otros, con porras. Pero ninguno cuestiona la propiedad privada de los grandes medios de producción. Ninguno señala que el capitalismo es la fuente de la guerra, la injusticia y la represión estructural.

    En los siglos XIX y XX, los liberales —que eran liberales, no fascistas— persiguieron al movimiento obrero, encarcelaron a sindicalistas, fusilaron huelguistas y crearon leyes antisindicales. El movimiento obrero conquistó su legalización a base de lucha, sacrificio, cárcel y hambre. Pues bien, hoy la esencia de ese liberalismo autoritario sigue intacta. La única diferencia es que ahora se viste de pañuelo morado o de lazo arcoíris. Porque los partidos de la extrema derecha no critican el capitalismo; los populismos progresistas tampoco. Unos y otros gestionan el mismo sistema. La única cuestión real no es cómo combatirlo o defenderlo, sino cómo gestionarlo. Y ahí, ambos se dan la mano.

    Tomemos un ejemplo crucial: el debate sobre la inmigración en España. Fíjense bien. Unos dicen «fronteras abiertas con humanismo»; otros, «fronteras controladas con mano dura». ¿Y qué defienden realmente ambos? Lo mismo: la importación de mano de obra esclava. Unos con remordimientos, otros con cinismo. Pero todos al servicio de la patronal. Porque el capitalismo español necesita reponer una fuerza de trabajo que explotar en el campo, la hostelería y los cuidados. Es más barato traer a una persona sin papeles o con precariedad legal que pagar salarios dignos, construir vivienda pública o mejorar la sanidad.

    Este nuevo colonialismo occidental no solo expolia las materias primas del sur global, sino que también extrae su «mano de obra» para abaratar costes en un capitalismo decadente. ¿Y qué hace el progresismo sistémico? Acusar de racista a quien defiende que los jóvenes africanos no deberían tener que emigrar para sobrevivir, sino luchar en sus tierras por su revolución. En lugar de escuchar a los revolucionarios africanos que piden soberanía y desarrollo endógeno, se prefiere traerlos para hacer los trabajos que los europeos ya no quieren hacer por mal pagados. Eso no es internacionalismo. Es explotación.

    El movimiento obrero clásico entendió siempre que el internacionalismo solidario implica luchar por mejorar las condiciones de los trabajadores en todo el mundo, no abaratar costes en casa. Pero a los estados occidentales les sale más rentable importar personas con menos derechos que apoyar políticas familiares, garantizar el derecho a la procreación mediante salarios dignos y una red pública de cuidados. Es más barato que mejorar la sanidad, la educación y la vivienda. Es más fácil acusar de racista que construir viviendas públicas. Es más cómodo exportar talento formado aquí que pagar bien a médicos y educadores.

    En este contexto, la crisis del capitalismo es terminal. Cada vez necesita menos trabajadores, la inversión real da rendimientos decrecientes, y España ha quedado reducida a turismo y precariedad. Pronto esa burbuja también estallará. Y mientras tanto, seguimos mirando a China con desprecio, dándole lecciones de democracia mientras le pedimos que venga a invertir. Eso sí que es racismo: el de quien desprecia a una civilización milenaria mientras mendiga su capital.

    No nos engañemos. La batalla no es entre progres y fascistas. La batalla es entre los que defienden el Sistema y los que queremos superarlo. Y para eso, hace falta recuperar el materialismo, la lucha de clases, el internacionalismo de verdad y la soberanía popular. Sin disfraces.

     

     

     

     

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    LA GUERRA TOTAL CONTRA RUSIA

    2029-2030: LA GUERRA TOTALE CONTRO LA RUSSIA di Manolo Monereo*

     

     

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